lunes, 25 de septiembre de 2017

La familia y la decencia

Pensé en la familia como un lugar.
La familia es una caja traslúcida que opaca los discursos del mundo y en cuyas entrañas se gesta una definición de decencia que moldea la personalidad de cada integrante. ¿Te has fijado que cuando decimos “decente” nos referimos a una categoría estética, que alude al aseo o a la compostura, pero que también tiene un sentido social? Porque se supone que una persona decente también es honesta, un ejemplo de probidad ante sus iguales y, para beneplácito de quienes aún insisten con la religión, se cree que además es digna y modesta. Bravo, a eso aspiramos todos. ¿No?
Pero si las personas tenemos tan eximias ambiciones, ¿por qué el mundo está lleno de deshonestidad?
Porque pocas veces nuestros actos tienen la coherencia de nuestras palabras. Porque tendemos hacia el desconcierto. Porque preferimos los eufemismos y las medias verdades.

Y es justamente por el efecto que causan esos eufemismos que necesitamos de la literatura. Porque sólo la realidad de la ficción sirve para quitarle legitimidad a esas medias verdades. De la misma manera que el trabajo con las metáforas dota de sentido los párrafos que conforman un borrador falto de luz convirtiéndolo en un libro de relatos, la desarticulación de los eufemismos encuentra las alegorías en nuestros fingimientos cuando entra en los cerebros por el camino de las emociones. He aquí entonces que la literatura emprende el trabajo contrario al de la familia. Frente a la malsonante realidad del mundo, los nuestros se proponen adecentarnos educándonos en la repetición de un entramado de falsas certezas, mientras que los libros echan mano de los símbolos para allanar el camino contrario, el que busca la verdad.

Qué lástima que la verdad sea una triste, vana y ya hace años superada aspiración de la modernidad.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El poder de la metáfora

Para Aristóteles lo mejor era tener maestría en la metáfora porque su arte no puede aprenderse: se sustenta en la intuición, más que en la apuesta gramatical. Pero cuidado, que quizá el primer crítico literario de la historia esté ofreciéndonos más que un juicio estético, uno ético. En su Poética identifica este recurso literario con el ojo que sabe contemplar las relaciones de semejanza. ¿Y no es acaso saber reconocerse en el otro la base de la empatía humana?


Si, al romper y redefinir los significados de las palabras, la metáfora puede decir lo indecible, ¿cómo es que no se encuentra en el centro de nuestra comunicación? Quizá porque una forma de perversión se apropia de los mecanismos de la metáfora para construir el eufemismo. Y es este, en cambio, el que privilegiamos en nuestras relaciones. Así lo que en una forma retórica es la traslación de un sentido a otro figurado se convierte en la manifestación decorosa de lo malsonante. Porque la metáfora no esconde la realidad, nos hace captarla a través de la emoción tanto como con la razón. El eufemismo nos miente, convirtiendo a la poesía en vil ocultamiento.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Gente decente

Dos hermanas que se enfrentan a un padrastro siniestro, un abuelo que llega desde la Alemania nazi a un carnaval, una pareja que con muchas dificultades intenta tener un hijo y unos padres que se enfrentan por la calidad de la educación de una niña acosada en el colegio son algunos de los personajes que transitan por los cuentos de Gente decente, un libro que demuestra que “la identidad es el ideograma donde se funden las memorias familiares y las decisiones propias” y que existen pocas cosas tan falsas como la decencia.

En el libro, la familia es una lata donde una vez hubo galletas en cuyas entrañas se gesta una definición de decencia que moldea la personalidad de cada quien. Cuando decimos “decente” nos referimos a una categoría estética, que alude al aseo o a la compostura, pero esa palabra también tiene un sentido social. Se supone que una persona decente también es honesta, un ejemplo de probidad ante sus iguales y, además, digna y modesta. Bravo, a eso aspiramos todos. En el camino que va desde la aspiración hasta la realidad se cifran los ocho relatos de este libro.
Sumergidos en la atmósfera de las intrincadas relaciones que se articulan entre parientes, los relatos de esta colección cuestionan la máxima aspiración del grupo de personas que representan la célula fundamental de la sociedad. Si es cierto que todas las familias aspiran a producir vástagos que sean dignos y honestos, ¿qué pasa cuando los mismos lazos familiares se han corrompido?

lunes, 4 de septiembre de 2017

El nombre de la tragedia

La contundencia de las imágenes y los relatos de la violencia en Venezuela a veces se recibe en la opinión pública de Europa con escepticismo. Así, mis compatriotas y yo sufrimos el segundo drama de representar lo indigno. El problema es que para eso echamos mano de un sistema de comparaciones con otras realidades violentas, del pasado o del presente, que pretenden familiarizar al extranjero con lo que para nosotros es trágicamente cotidiano. Y el contraste no nos favorece.

Los intelectuales tenemos el desafío de construir la nomenclatura específica que nombre la crisis venezolana sin apelar a los discursos sobre el totalitarismo nazi, la violencia de estado en el estalinismo o a las comparaciones con el populismo en Estados Unidos o Europa. En el centro de nuestra tragedia hay un gobierno totalitario que ejerce violencia de estado escondido en discursos populistas, pero no es el Tercer Reich ni la Unión Soviética, tampoco Estados Unidos. La búsqueda de la empatía a través de la comparación ha jugado en nuestra contra, aislándonos. En lo que no hemos podido nombrar se cifra nuestra tragedia.

lunes, 24 de abril de 2017

Adiós, Teresa. Para ti no quedan laureles.

La fecha del 23 de abril no se conmemora solo la muerte de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes que dieron motivo a la UNESCO para conmemorar en esa fecha el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. (Es cierto que también se conmemora la desaparición física, el mismo año de 1616 que el autor inglés y el español, del primer mestizo cultural de América, Gómez Suárez de Figueroa, mejor conocido como el Inca Garcilaso de la Vega, aunque esto no interese tanto a la UNESCO). Pero la casualidad que me interesa ocurrió siglos después: también un 23 de abril, pero de 1936, murió Ana Teresa Parra Sanojo, Teresa de la Parra.
En 1931, a esta escritora fundacional de la literatura venezolana le habían diagnosticado una enfermedad pulmonar que la fue matando lentamente y la llevó a deambular por Europa: Suiza, Francia y España. En ese país murió la que había nacido en 1899. Y aún después de su cuerpo siguió el sino de su vida trotamundo. Sepultada inicialmente en La Almudena de Madrid, en 1947 sus restos fueron trasladados al Cementerio del Sur en Caracas y desde el 7 de noviembre de 1989, reposa en el Panteón Nacional.
Y yo me pregunto por qué los venezolanos que estamos prestos a celebrar cualquier efeméride no hemos puesto más atención a esta casualidad. Y pienso que esto es resultado de la condescendencia con que tratamos a esta autora.

¿Por qué si su libro Memorias de Mamá Blanca se publicó en Francia y en Venezuela en 1929, el mismo año que la Doña Bárbara de Gallegos apareció en España se ha encumbrado como obra definitiva de la identidad venezolana esta última? La decripción que hace Teresa de la Parra de las costumbres nacionales es indiscutible, no sólo en le caso de Memorias de Mamá Blanca, sino también en el de Ifigenia: Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, publicada un lustro antes y celebrada por intelectuales españoles de la talla de José Ortega y Gasette.
No debe ser por el retrato de lo nacional que hace la autora en sus páginas. Porque no había nada más criollo en su época que ese francés ominpresente en el hablar de los burgueses de principios de siglo que exhiben María Eugenia, la abuela y hasta el Tío Pancho. Porque aún está vigente el tributo a la vanidad nacional que son las largas horas de toilet de describen las narradoras de sus novelas. ¿Quién duda que como Mamá Blanca en su época, muchas venezolanas piensen aún que “el primer deber de toda mujer es parecer hermosa”? Sin embargo, ¿cuántos llaneros contemporáneos se comportan ahora como Juan Primito?
Claro que Gallegos fue también presidente de Venezuela y miembro de del partido que instauró la democracia en el país. Pero el caso no deja ser interesante para preguntarse los caminos de la perdurabilidad literaria en Venezuela.

Ah… Y ¿saben qué fue lo último que dijo Teresa antes de morir? Pidió un puñado de tierra de su tierra para meterse en la boca.

domingo, 16 de abril de 2017

Marcar páginas II: Sistemas de lectura

 La única comunicación que yo quiero sostener con los marcapáginas es cuando hay más de uno dentro de un libro. En la pila de tres o cuatro libros en mi mesa de noche siempre hay uno con más de un marcapáginas: esas son las publicaciones que me causan desasosiego, aquellas que he comenzado a leer y me veo obligada a terminar, no porque me interese en sus tramas o sus reflexiones, sino porque me toca escribir sobre ellos. El primer marcapáginas me dice por dónde voy y el segundo cuánto me falta para terminar el capítulo. Si hay más de dos marcapáginas la lectura será larga y por eso me veo obligada a dosificarla.


Cada marcapáginas, como las pequeñas metas en un triatlón, me dice cuántas pruebas faltan por superar. Porque si bien la mayoría de las veces es cierto el lugar común que dice que leer es un placer, cuando leemos por trabajo, la lectura, aunque sea de ficción, no es más que es eso: trabajo. Además, tengo mucho cuidado en determinar qué libro va marcado con marcapáginas y cuál con post-its. Uno es el libro de una lectora que reseña, el otro es el libro de una académica. Dos formas de leer completamente distintas, dos relaciones con los libros que nacieron del amor a la lectura, pero que en algún lado del camino se convirtieron en otra cosa.

lunes, 10 de abril de 2017

Marcar páginas I: Sistemas de lectura

Tengo con los marcapáginas una relación similar a la que tengo con los libros: los acumulo sin cesar. A veces abro la gaveta, porque necesito alguno para marcar una página que voy a dejar de leer y me consigo una pequeña montaña de cartoncitos rectangulares sin ninguna gloria, recordándome la de veces que los he tomado, como un niño haría con caramelos, del aparador de una librería. Así que los he convertido en parte de un sistema. 
Hay un montoncito de marcapáginas en una de mis dos mesas de noche (las ventajas de vivir sola), hay otro montón en la cocina, porque a veces también leo mientras como (las desventajas de vivir sola) y está, por supuesto, el montón más grande, ese de la gaveta, al que ya me he referido. Ese es la madre de los montones de marcapáginas, porque alimenta a los otros dos montones, que con frecuencia merman, porque los marcapáginas los dejo olvidados en los libros que devuelvo en las bibliotecas, dentro de aquellos que apilo en los rincones de mi casa y en las estanterías de mi biblioteca personal. A veces aparecen dentro de la cartera y sucios de carmín, en el estuche de maquillaje, como si se hubieran escapado de la gaveta para comenzar un vida de verdad fuera de la ficción y la esmerada intelectualización del mundo de la que yo les obligo a ser cómplice. Tales intentos de escapismo pueden significar que algunos de esos marcapáginas tienen ambiciones, que quieren salir a ver qué hay afuera de los libros, pero no pasan de ser simulacros, que la mayoría de las veces les hacen terminar de vuelta en la gaveta o, peor aún, directo en la basura. Porque, ¿de qué sirve un marcapáginas sucio de carmín? Así sólo marcaría con demasiada realidad una muy rigurosa ficción.